Por fin todos se habían marchado, y la casa volvió a quedar en silencio. Las risas, el tintineo de los platos, la conversación de la familia… todo se desvaneció, y solo quedaron Isla y Gabriel. La realidad se posó de nuevo sobre ellos como una manta suave pero pesada.
Estaban acostados juntos en la cama, pero el sueño no llegaba. Tenían los ojos abiertos, fijos en la habitación apenas iluminada, con demasiadas cosas en la cabeza para descansar.
Hablaron en voz baja: del futuro, de la responsabil