Esa misma noche, Ben yacía inquieto en la enorme cama de su penthouse.
Betsy tampoco podía dormir. Estaba de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra el horizonte centelleante, el cristal frío presionado contra su frente mientras los recuerdos inundaban su mente. Lo había seguido hasta su casa después de dejar a Isla y a Gabriel.
Las palabras de él resonaban sin descanso: “Cásate conmigo”. ¿Cómo podía decirlo con tanta soltura, como si fuera otro trato más en su mundo de poder y contr