—No llores, por favor —dijo Gabriel mientras le secaba una lágrima—. Vas a arruinar la sorpresa.
Isla se rio, con la voz temblando entre la risa y la incredulidad.
—Gabriel… —volvió a llamarlo, esta vez más fuerte, con el tono cargado de emoción.
En ese momento, el auto desaceleró y se detuvo. Isla dirigió la mirada al frente y todo su cuerpo se paralizó.
Abrió la boca de par en par.
—No —susurró—. Esto… esto no puede ser real.
Justo frente a ellos se alzaba una vista que quitaba el aliento. Era