El amanecer llegó con una luz tenue que se filtraba a través de los ventanales del Santuario. El aire era fresco, cargado de un misticismo que solo aquel lugar podía ofrecer. Tara se despertó sintiendo un peso sobre su pecho. No era el colgante que había encontrado la noche anterior, sino la responsabilidad que conllevaba.
Desde que llegaron allí, todo parecía llevarlos a un solo destino: la puerta de Elyndor.
El grupo se reunió en el gran salón del Santuario. Alaric extendió el pergamino sobre