La mansión parecía respirar con vida propia aquella noche. Los ecos de las risas, los pasos y las conversaciones de los últimos días habían sido reemplazados por un silencio inquietante. Tara, Bella y Rhidian se encontraban en la gran sala, sus rostros iluminados por la tenue luz de las velas que parpadeaban, como si también sintieran el peso de lo que estaba por venir.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo más —dijo Rhidian, rompiendo el silencio—. Los Tejedores ya saben dónde estamos, y es