Luego de un refrigerio del cual no pudo disfrutar casi nada y de un baño con sales aromáticas, Umara salió al jardín trasero que ella había ayudado a retablecer. Las flores se mecían al compás de la brisa vespertina exhalando una verdadera cacofonía de aromas.
De la fuente de mármol volvía a brotar agua, pura y cristalina y por doquier las luciérnagas bailaban al ritmo de la brisa. Cerca, en una de las ramas del gran árbol ululaba un búho.
Pasaron los minutos, los cuales se tornaron horas y a l