Encadenada a una pared, no había mucho que Alessia pudiese hacer.
Le habían dado un palo con forma de espada y entrenaba con las principiantes, pero no protestó. A pesar de todo era bueno comenzar desde abajo, porque así podía medir las fuerzas y debilidades de sus compañeras, después de todo, había pasado de la sartén al fuego.
O más bien, del invierno eterno al infierno congelado porque se vea obligada a dormía en una celda junto con otras cincuenta mujeres, prácticamente a la intemperie.