La furia de Karman no conocía límites.
La impertinente mujer había rechazado públicamente lo que le correspondía por derecho. Era una situación sin presentes, era inaudito y era una ofensa que no podía quedar impune.
Cinco de sus guardias la condujeron a su tienda y la encadenaron a su cama, durante todo el proceso, la fuera pateó, mordió y arañó como toda una condenada, sin embargo, ahora estaba encogida, abrazando sus rodillas con los brazos y mirándome con los ojos de oro cargados de odio.