La primera luz del alba se filtró por debajo de la persiana cerrada, tiñendo la habitación de un gris pálido. Luca seguía dormido, acurrucado junto a Amelia en la estrecha cama de hospital. Su brazo la rodeaba protectoramente, su respiración acompasada con la de ella. El monitor cardíaco mantenía su ritmo estable, un metrónomo constante en la quietud.
Afuera, sin embargo, la actividad comenzaba a agitarse. El cambio de turno trajo consigo la llegada de los especialistas convocados po