Emilio cerró la puerta tras de sí, apoyándose un instante contra la madera fría, tratando de calmar el temblor de furia que lo recorría. El pasillo quedó en silencio. Luca Bellini se había ido.
Respiró hondo y se giró hacia la habitación. Lo primero que notó fue el aroma. Era sutil, pero inconfundiblemente diferente al olor aséptico habitual. Una fragancia cálida, ligeramente dulce, con un toque floral y salino. Era... agradable. Exquisito, tuvo que admitir a regañadientes. Recordó las palabras