La puerta de cristal se cerró tras ellos, amortiguando el murmullo de la conversación forzada del comedor. El aire del jardín era fresco, cargado con el olor a tierra húmeda y jazmín.
Ivanka caminaba un paso detrás de Emilio, sus manos aferradas frente a su vientre como un escudo. Estaba temblando visiblemente. —Emilio, no sé qué pretendes... Deberíamos volver adentro.