—Paciente, abre las piernas. Si las mantienes cerradas, ¿cómo esperas que te revisemos? — dijo María en voz alta, casi de forma intencionada.
En mi mente, la maldecía en silencio: —María, esto no va a quedar así. Ya verás.
Aunque estaba molesto, obedecí y abrí las piernas.
Entonces sentí una mano que tiraba y palpaba en la zona de mi pene, como si estuviera comprobando su firmeza, evaluando de alguna forma si todo estaba en orden.
La vergüenza que sentí en ese momento era algo que jamás desearía