Patricia me dedicó una sonrisa tierna, de esas que solía regalar antes de que todo se complicara.
—No tienes por qué sentirte mal —dijo con naturalidad:— Te pedimos ayuda con Aquilino, no para que además de todo cargues con las tareas de la casa.
Hoy Patricia parecía ser otra. Su voz volvía a ser cálida, serena, como siempre había sido.
Sentí una ligera alegría florecer dentro de mí.
No me atrevía a esperar demasiado. No soñaba con que Patricia fuera especialmente amable conmigo; solo me bastaba