Elara me dio una patadita suave, apenas un roce que más que doler, me provocó ciertas cosquillas. Pero justo por eso, sentí aún más la necesidad de alejarme de ella.
—Tú misma dijiste que eres mi jefa. ¿Te parece muy apropiado andar por ahí preguntando por la vida íntima de los demás? —le solté enseguida, devolviéndole el golpe, esta vez con una retahíla de palabras.
Elara abrió los ojos, sorprendida. No esperaba que me atreviera a replicarle.
Pero al instante, frunció los labios y, con un puche