Sofía permanecía despierta, tendida en su cama con los sentidos alerta. Cuando escuchó por casualidad el sonido de mis pasos alejándose por el pasillo, sintió cómo una extraña comezón comenzaba a recorrer todo su cuerpo, se inquietó como si miles de hormigas eléctricas bailaran bajo su piel.
Ella sabía con claridad adónde me dirigía a estas horas de la noche.
La curiosidad, ese demonio travieso, comenzó a corroer su autocontrol. ¿Realmente podía ser tan placentero aquello que hacían los hombres