Nadie podía asegurar cuánto tiempo más Xara conservaría su cargo.
Al fin y al cabo, el puesto de ministra de Sanidad era un hueso bastante jugoso —demasiado tentador como para no caer en la corrupción. Los últimos tres ministros habían durado menos que un helado bajo el sol de agosto.
En los pasillos del Ministerio circulaba un chiste algo negro: —El sillón ministerial tiene clavos. Nadie ha aguantado un año entero sin saltar.
Xara lo sabía. Y esa incertidumbre la corroía por dentro.
No podía ar