Por un lado, tenía miedo de morir; por otro, me sentía terriblemente incómodo.
Tener a semejante belleza debajo de mí y no poder hacer nada era peor que una inimaginable tortura.
Pero Viviana no tenía intención alguna de soltarme.
Me sujetó con más fuerza de la cintura y dijo con una sonrisa provocadora:
—Ayer me dejaste dormir en tus brazos, ¿por qué no te quejaste entonces?
—Eso fue diferente.
—¿Y qué tenía de diferente? ¿Acaso anoche no hubo contacto físico?
Yo sentía que sí era distinto, per