Me incorporé con un gemido de dolor, sintiendo todavía el fuerte malestar que había provocado su acción.
Con una expresión de enojo, la miré directamente a los ojos y le solté, —¿Qué demonios estás haciendo?
—He venido a revisarte la herida, — respondió en ese instante María, cruzándose tranquila de brazos y observándome con su habitual frialdad.
Aún molesto, repliqué, —¿Y en medio de la noche? ¿De qué sirve revisar la herida a esta hora?
Mi cuñada intervino de inmediato para suavizar un poco la