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El silencio que quedó tras la partida de sus hermanos no fue la paz que Catalina esperaba. No fue el vacío liberador de una misión cumplida. Fue una presencia física, una masa de aire denso que se instaló en el apartamento de los suburbios, apretándole los pulmones. Catalina se quedó de pie en medio de la sala, con el vaso de whisky aún en la mano, mirando hacia la puerta por donde Cristian, Jonatan y Andrés se habían marchado.

Había ganado. Enrique estaba siendo buscado como un animal ra
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