Mundo ficciónIniciar sesiónEl apartamento en los suburbios era un refugio de sombras, un búnker de lujo donde el aire todavía olía a la pólvora de la explosión del juzgado y al perfume caro que Catalina usaba para enmascarar el rastro de la muerte.
Catalina entró con paso firme, arrojando las llaves sobre la mesa de cristal. Se sirvió un trago de whisky puro, sintiendo el ardor en la garganta como un bálsamo. Al fondo, en la penumbra de la sala, tres figuras la esperaban. Cristian, cuyo rostro aún conservaba las sutiles asimetrías de aquella paliza en la nieve; Jonatan, el de la mirada gélida; y Andrés, el más joven, cuyas manos nunca dejaban de temblar.—Ya está —dijo Catalina, sin mirarlos—. Casandra dejó de respirar hace una hora.El silencio que siguió no fue de alivio, sino de una tensión eléctrica que pareció tensar las paredes.—¿Cómo que "ya está"? —la voz de Cristian salió como un latigazo. Se levantó de la sombra, y la luz de la calle reveló la cicatriz que le recorría la mandíbula,






