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Catalina no se reconocía.

El espejo del baño no devolvía su rostro: devolvía a Casandra. No era solo la forma de los ojos ni la rigidez de la mandíbula. Era algo peor. La ausencia. Esa calma helada que no pedía permiso para existir.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el lavamanos. Las luces blancas le marcaban cada línea del rostro, cada sombra calculada. Había practicado ese gesto cientos de veces. Casandra siempre parecía cansada, pero nunca débil. El cansancio como señal de sup
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