Catalina no se reconocía.
El espejo del baño no devolvía su rostro: devolvía a Casandra. No era solo la forma de los ojos ni la rigidez de la mandíbula. Era algo peor. La ausencia. Esa calma helada que no pedía permiso para existir.
Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el lavamanos. Las luces blancas le marcaban cada línea del rostro, cada sombra calculada. Había practicado ese gesto cientos de veces. Casandra siempre parecía cansada, pero nunca débil. El cansancio como señal de superioridad.
—No soy tú —susurró Catalina.
El reflejo no respondió.
Parpadeó.
Enderezó la espalda.
Endureció la mirada.
Casandra seguía allí.
Catalina sintió una punzada en el estómago. No miedo. Asco. Porque entendió algo que había evitado nombrar: no estaba fingiendo bien a Casandra. La estaba recordando demasiado bien.
El entrenamiento había ido demasiado lejos.
Había empezado como una estrategia: copiar gestos, tonos, silencios. Luego vinieron los pensamientos automáticos. Las respuestas antic