Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer en los suburbios no trajo la luz cálida que las películas prometen tras una tragedia; trajo una claridad grisácea, una luz cruda que desnudaba la miseria del apartamento y la fragilidad de los cuatro supervivientes. Catalina seguía envuelta en la manta, tiritando no por el frío del agua que ya se había secado, sino por el vacío que sentía en los huesos. Las palabras de Cristian —“Nos reclamamos porque te amamos”— flotaban en el aire como partículas de polvo, suspendidas, sin que ella pudiera asimilarlas.
Para Catalina, el amor era un concepto deformado, una palabra que Enrique usaba antes de una violación o que Casandra pronunciaba con sarcasmo mientras ajustaba una dosis de hormonas. En su mundo, el afecto era una moneda de cambio o una trampa. Que esos dos hombres, rotos y endurecidos por la misma forja de dolor, pronunciaran esa palabra, le parecía una alucinación más de su mente inestable. —No lo digas —susurró Catalina, con la vo






