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‎La ausencia de Andrés dejó un vacío palpable en el apartamento, un silencio que amplificaba la tensión acumulada entre los tres. Él había sido el hilo de normalidad en medio del caos, recordándoles las rutinas simples como comer o apagar las luces. Sin él, el aire se espesaba con el peso de sus pasados compartidos, convergiendo en un momento inevitable. Catalina se encontraba sentada en el suelo de la sala, recostada contra el sofá, hipnotizada por la lluvia que azotaba el ventana como un eco de los recuerdos que martilleaban su mente.

‎Esa noche, el remolino de identidades fragmentadas dentro de ella se aquietó, no por una paz serena, sino por un cansancio profundo. La sumisión de Carolina, la astucia de Catalina y el vacío hueco de Amelia se fusionaron en una necesidad primal: ser tocada, poseída, recordada que su cuerpo era suyo, no un instrumento de dolor o trueque, sino un dominio propio que ansiaba ser explorado.

‎Cristian permanecía de pie junto a la barr
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