Al otro día por la mañana, Massimo salió hacia la oficina como de costumbre, después de tomar el desayuno, regresé a mi habitación, el teléfono empezó a sonar insistentemente, al tomarlo, me di cuenta de que era una llamada de Franco.
—Hola. —Contesté sintiendo que la culpa crecía enormemente, no deseaba escuchar su voz, me sentía la mujer más perversa del mundo.
—Hola, ¿Cómo has estado?
—Bien, ¿Tú cómo has seguido? —Su tono de voz era débil, tuve la impresión de que algo no iba bien.
—He sa