Al despertar, noté el perfume de Massimo impregnando el aire, volteé en busca de su presencia en la habitación, pero no pude verlo.
Por un momento, pensé que lo estaba imaginando, poco después, la puerta se abrió y allí estaba él, sosteniendo una bandeja de comida.
—Hola, buenos días, he traído el desayuno y pedí que prepararan lo que te gusta.
Su cambio de expresión me sorprendió, ya no era tan rígido como de costumbre, su rostro parecía haberse suavizado.
—Gracias. —Agradecí tímidamente.