—¿Qué es lo que realmente quieres de mí? —le espeté, me crucé de brazos e imité su misma postura defensiva.
Dominic soltó una pequeña risa cínica, llena de suficiencia.
—Vaya... estás acorralada. ¿Ya no tienes nada más que decir?
—¿Tengo que decir algo? —recriminé, sosteniéndole la mirada—. Soy una adulta, puedo decir lo que se me antoje.
—¡No con mi familia, carajo! —rugió, levantándose parcialmente. Había estrellado ambas palmas contra la mesa con una fuerza brutal. —¡Te has vuelto loca!
Por