En cuanto escuché los pasos de Dominic alejarse y perderse en el pasillo, mis piernas no pudieron sostener más el peso de mi cuerpo. Caí de rodillas sobre el frío suelo de la cocina, dejando escapar finalmente todas las lágrimas que con tanto orgullo había contenido frente a él. Me abracé a mí misma, rota por la crueldad de sus palabras; sentí que el pecho me ardía.
No entendía por qué me seguía doliendo tanto. Yo ya sabía que él jamás me había amado, ya no era ninguna sorpresa, y ahora me sent