89: Sin dejarlo ser.
— Venga, vamos rápido, el barco nos ha aceptado, aunque no fue fácil convencer al capitán. Nos van a dejar en las costas inglesas tal y como quiere mi señor. — dijo el fiel mayordomo real que miraba a su rey caído con un deje de lastima y piedad.
Eduardo asintió.
— Bien, entonces, aquí nos separamos. — respondió el Cervantes.
El mayordomo, extrañado, miró fijamente a quien consideraría siempre su único rey.
— ¿Qué ha dicho su alteza? — cuestionó.
Eduardo miró a sus hombres. No había tomado