100. Lo que debí hacer
100
La puerta del penal se abrió con un chirrido oxidado, y Nathaniel Luther salió con el ceño fruncido, el traje arrugado y la dignidad intacta… al menos por fuera. Jazmín lo esperaba al otro lado, con las manos cruzadas al frente, en un vestido sobrio y gafas oscuras que no ocultaban del todo la tensión en sus facciones. Dio un paso al frente, insegura.
—Hola —dijo en voz baja, como si el aire entre ellos pesara toneladas.
Nathaniel la miró. Ni una sonrisa, ni un gesto, ni siquiera un parpade