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Han pasado los años, y la vida finalmente les da una tregua. El aire que se respira en la casa de campo es tranquilo, lleno de risas y sonidos cotidianos que Jazmín alguna vez pensó que jamás volvería a escuchar. El sol de la tarde entra por las ventanas, tiñendo de dorado la madera clara del suelo, mientras Leo y su hermana pequeña, Emma, corren descalzos por el jardín, persiguiendo una pelota que termina en el estanque una y otra vez.
—¡Leo! ¡Dile que deje de mojarse los zapatos! —grita J