Emilia permaneció en silencio después de que Leonardo salió de la habitación. No lloró. No volvió a gritar. Sabía que esas cosas solo alimentaban su ego. En cambio, se concentró en pensar.
No puedo dominarlo, se dijo. Pero puedo ser más astuta que él.
Testó las cuerdas lentamente, moviéndose solo cuando todo estaba en silencio. Estaban apretadas, pero no imposibles. Leonardo las había atado con prisa. Siempre se apresuraba cuando creía que ya había ganado. Esa siempre había sido su debilidad.
R