Emilia esperó hasta que la casa se sumió en un silencio que parecía contener la respiración. El ritmo de Leonardo finalmente se había calmado. Había dejado la pistola y unos papeles en el banco de trabajo, y en algún lugar de la habitación contigua, una radio zumbaba en voz baja y luego se apagó. El agotamiento la golpeó como una segunda piel; el dolor la embotó, pero agudizó su concentración. Si no se movía ahora, podría no tener otra oportunidad.
Trabajó metódicamente. La cuerda se había aflo