Valeria cerró las puertas de su balcón, amortiguando el sonido de la fuente del patio. Necesitaba silencio: silencio para pensar, para planear, para exhalar los celos que la retorcían por dentro como una cuchilla.
Su habitación aún olía ligeramente al perfume caro que usó para cenar, pero ni siquiera eso era suficiente para calmarla. El rostro de Emilia no dejaba de pasar por su mente: demasiado segura, demasiado tranquila, demasiado cómoda con su Mateo.
Valeria frunció el ceño al mirarse en el