El aire de la habitación se sentía fresco, olía a flores que Emi había dejado en la mesa de noche. Emi se sentó al borde de la cama, buscando a tientas la mano de su tía Lourdes. Cuando sus dedos encontraron la piel cálida y algo delgada de su tía, apretó con suavidad.
—Tía, ¿estás despierta? —susurró Emi.
—Para ti siempre, mi niña —respondió Lourdes con la voz un poco raspada, pero firme—. Te noto vibrando, Emi. ¿Qué pasa por esa cabecita?
Emi bajó la mirada, aunque sus ojos nublados no buscar