Adanna
La tensión se sentía asfixiante y la pausa del médico se extendió demasiado. No entendía por qué tenía que alargar tanto el dramatismo.
¿Acaso no sabía que me estaba matando con su silencio?
Tragué pesado, apreté más los puños y me mordí el interior de los labios. Luego me los relamí y solté un largo suspiro.
—¿Decía, doctor? —inquirí, impaciente.
Entonces, él sonrió.
—Felicidades a la madre. Está embarazada, aunque en estas condiciones no sé si la felicitación sea correcta —comentó, m