Adanna
El sonido de nuestras bocas era lo único que se escuchaba en esta habitación, acompañado de la respiración errática de ambos.
Me dejé llevar.
Estaba mal, lo sabía, pero no podía contenerme. Ya no era solo Adanna; era mi instinto, mi naturaleza, mi parte salvaje y el anhelo de mi loba, y poco a poco me fui perdiendo en sus besos.
Sus manos empezaron a tocar mis muslos. Ese toque se me hacía muy familiar, pues en el pasado, cuando estábamos a solas y la atracción sexual se apoderaba de nos