Ayo ya no estaba “dentro” de nada.
Ni fuera.
Ni entre.
Esa idea habría tenido sentido antes, cuando el mundo todavía insistía en tener fronteras claras.
Ahora el sistema había dejado de usar fronteras por completo.
Solo había continuidad.
Y él era un residuo consciente dentro de ella.
No sufría.
Eso era lo más inquietante.
El edificio —o lo que quedaba de su estructura conceptual— no lo mantenía atrapado con fuerza.
Lo mantenía con lógica.
El tipo de lógica que no discute contigo, porque no te