Ayo dejó de resistirse.
No como rendición.
Sino como observación.
Y el sistema lo notó de inmediato.
El cambio fue sutil, casi educado.
Como si el edificio hubiera estado esperando exactamente ese tipo de quietud.
El espacio alrededor de él dejó de fragmentarse.
Las páginas suspendidas en el aire dejaron de vibrar.
Incluso la sensación de “múltiples Ayo” empezó a estabilizarse.
No desapareció.
Se alineó.
El nuevo Ayo seguía escribiendo.
Pero ahora lo hacía con una calma distinta.
No la calma de