El “no” quedó suspendido en el aire.
Pequeño.
Pero absoluto.
Lila no se movió. Ni siquiera parpadeó. Había aprendido, en las últimas horas, que cualquier cosa podía ser una grieta por donde eso entrara otra vez.
—Adrian… —dijo al fin, con cuidado—. ¿Eres tú?
Él seguía en el suelo, mirando al techo como si intentara recordar cómo funcionaba el mundo.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Luego giró la cabeza hacia ella.
—Sí… —su voz salió seca—. Creo que sí.
“Creo”.
A Lila no le gustó esa palabra.
—
Elena perm