El arma golpeó el suelo con un sonido seco.
Lila no se agachó a recogerla.
No podía apartar la mirada de Adrian.
O de lo que ahora estaba dentro de él.
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—Gracias por abrir la puerta.
La voz seguía saliendo de su boca.
Pero no era suya.
Era más profunda.
Más antigua.
Como si no perteneciera a ningún tiempo.
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—Adrian… —susurró Lila, retrocediendo—. Si puedes oírme, lucha.
—
La cosa dentro de él inclinó la cabeza.
Una sonrisa lenta, imposible.
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—Él te oye.
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Una pausa.
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—Pero ya no decide.
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