Con las únicas fuerzas de su cuerpo se levantó y avanzo varios metros confundido, hasta que el resplandeciente brillo del Gran Árbol lo albergo con una calidez ardiente, la luz quemaba su piel, algo que podía soportar. Aunque se preguntaba ¿Por qué recibir tan severo castigo?
No lo merecía.
—Ayúdame, también soy tu leal creación. Acaso no tengo derecho… dame la fuerza para demostrarlo, dame una oportunidad… —exigió con un rugiente chillido.
—Basta Edmundo, ¿es que acaso no piensas parar nunca?