48. Temblores y jadeos
Sebastian
Tenerle allí, de frente y después de varios meses, resultaba extraño.
Joder.
Temblé bajo la influencia de una fuerte sacudida y me permití observar a mi mejor amigo durante un par de eufóricos segundos. La impresión de tenerlo a un abrazo de distancia me dejó completamente pasmado.
Maldición, era Mauro. Mi compañero, mi cómplice y todo lo que pudiese significar un sentimiento de hermandad como el que sentía por él. ¿Por qué ni siquiera podía moverme?
—Joder, compañero. ¿Es que no pien