Sebastián estaba hambriento. No había comido durante casi todo el día. Sin embargo, cada pocos minutos levantaba la vista del plato para mirarla. Y cada vez que lo hacía, sus ojos terminaban contemplando su belleza.
La luz de las velas iluminaban sobre su rostro. El vestido color salmón resaltaba la suavidad de sus facciones y el brillo de sus ojos amielados. Pero no era sólo eso lo que llamaba su atención sino la forma en que ella reaccionaba cuando descubría que él la estaba observando.
La