En la habitación del hotel, Gisela dejó el teléfono encima de la mesa de noche con una sonrisa cargada de malicia.
Sintió unas manos rodearle la cintura.
El pelirrubio apoyó el mentón sobre su hombro y le susurró al oído:
—¿Con quién hablabas?
—Con esa estúpida sirvienta de la hacienda. Me llamó para decirme que el nuevo jardinero anda detrás de Anastasia.
El hombre permaneció en silencio. Lentamente apartó los brazos de su cintura y dio un paso atrás.
Gisela giró el rostro para observar