La tarde ya comenzaba a teñirse de tonos naranjas. El viento movía suavemente los árboles. Anastasia y Clara avanzaban despacio hacia las caballerizas.
—¿Está nerviosa? —preguntó Clara.
—Un poco. —respondió Anastasia levantando ligeramente el rostro para verla.
—Todavía podemos regresar, si lo desea.
—No. —contestó con voz firme—. Hemos llegado demasiado lejos para detenernos justo ahora.
Clara asintió y continuaron avanzando. De pronto, la pelirroja recordó una conversación que había