dieciocho

Nathan le había pedido que durmiera, pero su tonto corazón palpitaba con tanta fuerza en su pecho, que se le había hecho imposible cerrar sus ojos. Había confesado algo que horas atrás había decidido no decir y la culpa empezaba a mortificarlo.

La lluvia cesaba a lo lejos, pero el pelinegro continuaba de pie, observando el paisaje, sin decir ni una sola palabra. El, por el contrario, se limitaba a respirar de manera lenta, no quería sentirse más incómodo de lo que ya estaba.

— No has dormido —a
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