La oficina se llenó poco a poco; las voces se filtraban a través de las paredes, que parecían más delgadas que antes. Rose se sentó en su escritorio y fingió que no le temblaban las manos, fingió que el mundo no se había inclinado de repente y la había dejado en un lugar desconocido.
La pantalla de su computadora brillaba; los correos electrónicos se acumulaban, sin responder, sin leer. Los revisaba sin ver las palabras, con la mente aún atrapada en ese momento. La mano de Richmond se cernía ce