Rose miró fijamente los papeles durante lo que pareció una hora, pero había algo más, algo que hizo que a Rose se le cortara la respiración, porque allí al final, casi oculta, había otra firma, más pequeña, como una ocurrencia tardía o una nota al pie, y junto a ella un nombre que había oído antes pero al que no había prestado atención, que no había pensado que importara: Kenwood.
—El mayordomo —susurró Rose, y la mano de su padre se apretó sobre la suya.
—No solo el mayordomo —dijo Marcus, y su voz era urgente ahora, corriendo contra el tiempo, contra la niebla que ya empezaba a arrastrarse de nuevo hacia sus ojos—, su familia era dueña de la isla primero, antes que cualquiera de nosotros, antes de los tratos y las asociaciones y el dinero, era de ellos, y la tomamos, la tomamos porque su padre no podía pagar sus deudas, porque lo apostó todo y nosotros estábamos allí para recoger los pedazos, pensamos que estábamos ayudando, pensamos que estábamos salvando la isla de la ruina, pero