Rose miró fijamente los papeles durante lo que pareció una hora, pero había algo más, algo que hizo que a Rose se le cortara la respiración, porque allí al final, casi oculta, había otra firma, más pequeña, como una ocurrencia tardía o una nota al pie, y junto a ella un nombre que había oído antes pero al que no había prestado atención, que no había pensado que importara: Kenwood.
—El mayordomo —susurró Rose, y la mano de su padre se apretó sobre la suya.
—No solo el mayordomo —dijo Marcus, y s