Andrea se removió en su cama toda la noche, y no solo porque su nana no lo dejó quedarse con el niño en la clínica, sino porque no podía olvidar los ojos de gato de Amber, además de sus besos, sus labios rosas y su carita hermosa, era como había dicho su hijo, un ángel, un ángel que lo incitaba a cometer el más delicioso pecado.
Abrió los ojos en medio de la madrugada, tenía el corazón agitado y de su frente brotaba mucho sudor a pesar de que la temperatura en su habitación era fresca. Luego mi