El odio es un cóctel molotov, que ha rebrotado en María de una manera peligrosa. Nacho y Luz dan la última calada al cigarrillo, y vuelven a entrar cogidos de la mano.
―Miradla ―dice María al final―. Ahora está con éste, la muy zorra.
Nadie de los cinco sabe que éste es Nacho, porque no lo conocen y supongo que no entienden, porque mi mirada, lejos del odio que siente María, se ha convertido en sombría.
―¿Vamos a otro bar? ¿Vamos a otro barrio? ―dice Jesús.
―Si queréis podemos ir a mi casa, tengo un futbolín ―ofrece Toni.
No nos parece mal la idea, subimos a los coches, María se ha sentado a mi lado y durante el trayecto me pone al día ya que, como me salté bastantes sesiones de terapia por culpa de mi recaída, no sabía hasta qué punto su hermana, convertida ahora en Luz, le había podido hacer tanto daño como me cuenta:
―Se acostó con mi novio ―dice una María, que tiembla de los nervios incontrolables, que siente―. Diez días antes de la boda, en mi piso, en mi cama.
« Y yo, tonta de m